Ella
La echaba de menos.
El tiempo se había vuelto gris y
frío como sus pensamientos, como su vida en general, desde que ella había
decidido partir en pos de su libertad.
Mientras el tiempo con ella era
una realidad, se había dedicado a grabarla a fuego en su alma porque una parte
de sí mismo le decía que algún día se le haría necesario el calor de los
recuerdos.
Y recordaba, recordaba aquella
primera vez en que la vio, bajo la lluvia y sin paraguas, esperando un taxi. Su
larga melena empapada. Las gotas de agua recorriendo su cara. Aquellos labios
de fresa. Aquellas pestañas que hacían sombra a la mirada más preciosa que
había contemplado en su vida. Cuando le preguntó por su destino, en su interior
deseó que su destino fuese él.
Recordaba aquel primer beso
preludio de mil tormentas apasionadas que daban paso a aquella paz a la que se
había acostumbrado su alma.
Se preguntaba en qué momento la
había perdido… en qué momento la mirada de ella había dejado de parecer un
cielo lleno de estrellas al contemplarlo a él.
No había sido consciente de las
cadenas que ella le reprochó. No había sido consciente de ser un peso que le
impedía volar. Y no pudo decirle “Quédate”… porque la amaba… en verdad, la
amaba.
Ella era la flor que no se
arranca.

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